Abraham y los zombis

Esta mañana hacía mucho frío. A mí no me gusta el frío porque los dedos de mis pies se convierten en mini cadáveres, dedos fiambre sin vida ni riego sanguíneo en absoluto, pero me gusta pisar con las botas la hierba helada porque suena como cuando mastico chocapic. Estaba pisoteando con fuerza cuando recordé algo que me pasó ayer:

Fui al cine con un chico. Antes de la sesión estaba en una terraza para fumadores esperando a que él se echase un pitillo, en silencio. Entonces entró (o salió) Abraham. Era un chico de unos treinta años, normal, como cualquier otro, y nos pidió fuego.

Y estando los tres en silencio, yo distraída, leyendo una tipografía cutre que advertía del peligro de sentarse al borde de la terraza, empezó. Llevo purpurina rosa en las uñas pero suelo pensar en muertes horribles sin querer. Cuando me imaginaba cayendo de espaldas y machacando mi cara contra el asfalto, comenzó a hablar.

Habéis probado la máquina de realidad virtual del piso de arriba? Es brutal. En serio, es increíble. Puedo sentarme a tu lado?

Y yo le dije que sí.

Mira.

Y me enseñó un vídeo donde salía él mismo con unas gafas tremendas, asustándose y apartándose de la nada.

Solo.

Es muy real, en serio. Yo tenía miedo. Tenía miedo de los zombis, y eso que los zombis no existen en la realidad.

Me hizo reír y volvió a recomendarnos que echásemos una partida. Le dije que teníamos que entrar al cine en cinco minutos.

¿Qué vais a ver? Si está guay me la descargo y la veo en casa.

Luego se presentó y nos preguntó nuestros nombres. Dijo que subiría a jugar un rato más y después se marcharía a casa.

Yo me preguntaba quién le había grabado mientras peleaba con zombis si parecía estar solo.

Y me inspiró mucho Abraham, porque quería sentarse a mi lado, conocerme, como en el patio de un colegio. No me hizo sentir incómoda ni molesta, sólo me hizo sentir parte de algo, de una comunicación de verdad, sin peligros ni temores.

Se reía de haber tenido miedo a los zombis porque no eran reales. Abraham sabe a qué hay que tener miedo. Él dijo que temía las alturas, y que probaba con edificios altos de realidad virtual para superarlo.

Quería contarle a alguien lo mucho que le gustaba aquel juego, quería hablar. Y no le avergonzó hacerlo.

Llevaba Abraham el pecho abierto en canal y se le veían las vísceras, los sentimientos, las inseguridades colgando por fuera del jersey.

Alguien lo limpió de prejuicios y maldades y le dejó seguir siendo niño en la mirada que dirige al mundo.

Y ya no me apeteció pensar en mi cara contra el asfalto, deformada.

Hay tantas posibilidades de que haya un Abraham como de que haya dos, o tres, o cien.

Lo importante es que no están solos.

Y gracias a ellos

y a su verdad

y a lo poco que les importa nuestra mierda de opinión

nosotros tampoco.

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Ella

Entre tu cerveza y mi coca cola caben

doce elefantes.

Cómo puede haber

tanta distancia

en menos de dos metros.

Me basta estirar la mano

para tocarte la cara

pero es como estar en la primera fila

de un concierto de

Rihanna.

Te miro y sólo puedo pensar en

Ella.

La imagino tan bonita y tan paciente

que me escondería bajo el posavasos.

Os habéis quedado en casa

viendo una peli de risa,

haciendo el amor,

y has dejado venir

a una imagen de lo que fuiste

cuando no me tenías miedo

a tomar una caña conmigo.

Arranco la etiqueta

de la botella

mientras construyo una montaña

con la ropa que os habéis quitado

tantos días

mientras recito de memoria las preocupaciones

que le has confesado

mientras peino con los dedos

todos los pelos que ha dejado caer en tu baño.

Podemos ser normales

y amigos.

Y cuando no miras,

con ansia desmedida

y sinceridad imparable,

escupo abundantemente

dentro de tu botellín de cerveza.

Escucha


Escucha.

Cuando duermas te besaré en la boca

y  toquetearé tus orejas con los dedos

para esconder después mi risa autoasfixiándome con la almohada.

Puede que algún día coloque una planta en la repisa de tu cocina

o cuelgue una lámina de Flavita en tu salón.

Te contaré que presiento la muerte antes de los cuarenta.

Te hablaré de la verdad que no nos deja dormir por las noches.

Voy a cogerte las manos y pedirte que me acompañes al Macauto a las tres de la mañana de un lunes de enero a por un macflurry para dejar la mitad descongelándose en el coche.

Voy a beberme dos copas y a gritarte en un bar que me conviertes en la peor versión de mí misma. Te dedicaré una canción horrible desde el micrófono del pincha y acabaremos haciendo el amor en los baños. 

Voy a quitarle el hierro a todos los asuntos.

Voy a aligerarte de pena.

Y a llevar una ropa interior de escándalo.

Compartiremos Netflix y dejaré que me abraces por la calle, por todas las calles.

Pero después me iré. 

Antes de que todas las cosas se vuelvan rutina, antes de que le mires las tetas a la camarera, antes de que des la vuelta al teléfono para que no descubra tus conversaciones, de que todo sea gris y veamos la tele en habitaciones separadas. 

Me marcharé sin hacer ruido, implorando que no te des cuenta hasta que no me haya alejado lo suficiente. Protegiéndome de todo lo que pueda hacer de la vida un sitio más habitable, de todo lo que pueda convertirme en 

conformista

y humana.

Xa non


Están a queimar as nosas bocas

incinerando a nosa lingua

partindo de dor os nosos beizos,

como xa fixeron outras veces.

Están a mallar nas nosas costas

probando se aínda podemos

aturar un pouquiño máis.

E cando pedimos solucións

Cando berramos con desespero

Cando esiximos a dignidade

e o valor mínimo dos nosos dereitos

Cando choramos que xa non,

que xa máis non podemos

Dende arriba dannos a solución 

e dinnos que tamén o sofren.

Publican un tuit esperanzador

porque o milagro sempre ocorre.

E van lavar as mans

porque a cotra interior os come.

Sempre hai unha solución,

Tranquilízate ti que podes,

E retuitean unha vez máis

.

.

Esperade a ver se chove.

Humana y torpe


He ido al Zara y me he sentido realmente afortunada al encontrar un vaquero que me quedaba perfecto. Le costó un poco entrar, pero, una vez puesto, supe que era justo lo que estaba buscando. Me hacía un culo de ensueño.

Y aún encima era negro. 

El color ideal, el de la combinación suprema, el fondo de armario soñado. Me lo pondría todos los días, cuando estuviese lavándose me sentaría delante de la lavadora. 

Me queda bien con todo, qué suerte. 

En el trayecto de vuelta puse música guay en el coche y bajé las ventanillas y se me despeinó el flequillo, pero no me importó porque no podía parar de pensar en todos los planes que haría con mi vaquero nuevo. 

Pero al llegar a casa.

Al principio no lo aprecié, pero poco a poco, al compararlo con otras prendas, al ponerlo a la luz, descubrí toda la verdad: No era negro. 

Era azul marino. 

El color incombinable, la muerte de la moda, otro pantalón que se quedaría al fondo del estante. Igual que tantos otros pantalones que me habían roto el corazón. 

Y me sentí estúpida por haberlo creído especial, por no haberme dado cuenta antes de que ese no era el color que yo necesitaba. Me decepcionó la vida un lunes a mediodía, al saberme humana y torpe.

Pero todo tiene solución.

Me puse la dignidad por bandera, fui al Zara y devolví el vaquero.

Y con el dinero

hice una inversión muy premeditada

en cocacola y gusanitos

en ideas firmes y transgresoras

en collares caros para perro

en nuevas oportunidades

en tiempo para pensar

en lencería

y en amor propio.

Mal de cap


De las cabezas de las señoras deberían salir 

flores

ideas transgresoras y atrevidas

un chiste verde

un recuerdo de una playa tranquila

y la verdad.

Pero no sangre de un porrazo.

Démonos un beso largo en las bocas para olvidar que ayer fue el día más vergonzoso de España. Vamos a acariciarnos la piel para no notar cuánto nos duele el país.

Y vamos a hacer el amor y a acostarnos.

Vamos a dormirnos dejando caer de fondo la lluvia.

Y vamos a confiar en que el agua limpie los restos

y mañana todavía sea mañana.

Y podamos levantarnos 

y desayunar en una cafetería

mirando los ojos de la gente

que no tiene miedo

que todavía sonríe

y que sabe usar las palabras 

cargadas de verdad y sentimiento

para pelear por lo que cree.

Un restito de tu saliva


Estaba yo pensando

que pudiendo estar bebiendo ginebra y bailando una canción que sea

un insulto

para todos los compositores y productores musicales del planeta

mientras gritas

A la mierda

y te quitas el sujetador

por qué vamos a estar preocupándonos de algo que todavía no ha pasado

y que ni siquiera sabemos con certeza si pasará

pero 

Ay si pasa

Dios mío

Si pasa.

Que por qué vamos a llorar por el pasado

teniendo este presente tan jugoso y latente

vivo todavía entre las palmas de nuestras manos.

Por qué te celas de mis palabras

buscando siempre un tercero,

si en la punta de la lengua

aún guardo siempre un restito de tu saliva.

Para qué lamentarse 

y hacer la guerra

y firmar contratos

y pagar facturas

pudiendo estar en la cama

o en el suelo de la cocina

haciendo un amor histórico y con mucho ruido

buscando después las bragas debajo de la encimera

mientras gritas 

con toda la dignidad del mundo

Vámonos, que te invito a una pizza.

Y si esto no es poesía,

que alguien venga a matarme. 

Tu puto sofá del Ikea


Ojalá pudiera prometerte

una casa en la aldea en la que me crié.

Dos niños con pelo a la taza

y un perrito de raza que no suelte pelo

y no suba a tu puto sofá del Ikea.

Te miro y me gustaría darte

todo aquello que esperas.

Todo lo que te ha enseñado 

el cine

la escuela

los ideales que te han marcado a fuego

tus padres en la nuca. 

Pero yo

como mucho

puedo ofrecerte 

una mano

llena de cortes de hostelería.

La izquierda, 

porque la derecha la necesito

para cambiar el mundo y desordenar la casa

Para dar de comer a seis perros

Para escribir una novela que nunca publicaré

Para rascarme -qué sé yo-

el culo

o aliviarme las penas.

Para seguir siendo yo

aunque te duela.

Si pudiera ofrecerte 

te ofrecería una vida plena.

Pero la vida también es muerte

y es dolor

y polvo en la estantería

y pelos en las piernas.

Soy emocionalmente inestable

y no sé hacer la cena.

Nunca me escribirá una canción 

Andrés Suárez

ni me pondré un camisón

para dormir

en el mes de julio.

No me quitaré los calcetines 

hasta agosto por lo menos,

y nunca me quedaré callada. 

Mis hijos

si los tengo

tendrán la cara manchada.

Ojalá pudiera ser

la chica de la que te enamoraste la primera vez

viéndola caminar entre la gente.

Pero soy igual que las demás

Igualmente bonita y poderosa

y tienes que darme una oportunidad

para descubrir que puedo

quedarme a dormir entre tu pecho y tu espalda

y rascar allí con las uñas despintadas

una emoción que se quedó

dormida

para besarla.

Que no voy a estar siempre

Que a veces pienso en otros

Que puedo hacer el amor sola

Que habrá días que coja el coche y me vaya lejos y te deje con los niños y diga que estoy harta y que os den a todos por culo

Y después te llamaré para pedir disculpas 

Y suplicar que me hagas una tortilla

Que me pone como una moto tu nariz torcida

O cualquier otro defecto que tengas

que te haga perfectamente humano.

Ojalá pudiera ser lo que deseas

pero estoy muy ocupada

siendo yo

desordenando la casa

escribiendo una novela

rascándome el culo

o

aliviándome las penas.

Agitar antes de usar


Me has descubierto durmiendo con el ceño fruncido y no he podido confesarte cómo me atormenta en sueños que el tiempo pase sin poder exprimirlo en las madrugadas.

He fingido ser frágil y me has descubierto humana. Llena de cicatrices en el alma y durezas en los pies, de piel suave y mirada fría. Con miedos infantiles y una nariz terrible. 

Y te ha parecido sexy.

Prefería que me condujeras por algún camino fácil sin demasiados sobresaltos, pero ocupaste el asiento del copiloto para observar hasta dónde era capaz de llegar en silencio. 

Creía que me cazarías furtivamente o desprevenida en un safari

Pero me dijiste

No te tengo miedo.

Y me escogiste libre

y sola.

Con la oportunidad de cagarla y marcharme para siempre.

Me preferiste

con los labios sin pintar

y el pelo suelto

sin adornos

preparada

para salir corriendo.

Desecharte y rescatarte


Quiero ser la razón de tus ojeras.

Que te duela

como nunca

descubrir que guardas células

muertas

de mis muslos

bajo las uñas

cuando estés acariciando a otra.

Quiero que no llores

por vergüenza

a que los demás sepan

cómo te destroza mi ausencia.

Que por dentro te rebasen

las lágrimas, el miedo y la pereza

de una vida nueva.

Pero quiero deshacerte

las quejas.

Besarte en la boca.

Pero sobre todo besarte en la pena.

Besarte donde el mundo es un asco.

Besarte por todas partes por si las moscas.

Pero quiero verte fumar.

Quiero cansarte por las mañanas.

Hacerme la intensa.

Hacerte creer que soy distinta

e indomable.

Pero quiero escribirte

un poema corto que nadie entienda.

Fingir que en la literatura todo vale.

Que nunca he visto Gran Hermano.

Que mi ideología no está llena de contradicciones.

Que no te necesito para seguir adelante.

Que no todos estamos igual de solos y de idiotas.

Pero quiero partirte la boca

y morirme en ella.

Destrozarte y consolarte.

Desecharte y rescatarte. 

Reírme de tus amenazas y llorar cuando te marches.