La casa hecha con colillas y arroz

Que se sentaba a fumar un cigarro mirándome de frente y me decía: cuéntame todas esas cosas. Y las contaba y a veces lloraba y otras me reía y otras las decía pero en silencio.

Y las cogió y las guardó dentro de una bolsa del eroski que ató con dos nudos. Le dio unas patadas, la lanzó contra la lámpara y me dijo. Estas cosas ya no te van a doler más, y no voy a dejar que las toque nadie.

Construyó para mí una fortaleza con un cenicero lleno de colillas, con un poco de arroz.

Fabricó de la

puta

nada

un bálsamo contra la angustia que guardaba debajo de la lengua, y me lo restregó todas las noches por el pecho.

Yo convertí Madrid en un lugar mejor escribiéndole mi amor y mi rabia en el suelo.

Y todas aquellas cosas,

dice

que mañana serán el polvo de debajo del sofá de su antiguo piso.

Donde ya no vive.

Donde hay alguien haciendo el amor, alguien que no conocemos y que no nos conoce. Y que está teniendo orgasmos

creando nuevos recuerdos

que le dolerán mañana

cuando tenga que quemarlos

y mirar hacia delante.

Alguien que cree que está siendo feliz.

Encima de nuestras cenizas.

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Callos o tortilla

La camarera te pregunta si de pincho quieres callos o tortilla

y tú sólo tienes

ganas de morirte.

El mundo te queda tan incómodo de repente.

Y él te dice

Me gustaría que las cosas fueran distintas.

Joder, claro.

Y a mí me gustaría tener un culo pequeñito y respingón.

Sacarme una oposición.

Ser la razón de tus ojeras.

Que te duela como nunca descubrir que guardas células muertas de mis muslos en tus uñas cuando estés acariciando a otra.

Que hubiese Suchard todo el año.

Que la poesía me hiciera rica.

Echarte un polvo aquí encima de la mesa y después comerme el pincho de tortilla tranquilamente como toda esa gente, o los callos, porque la tortilla igual lleva cebolla y ya sabes que la cebolla me mata.

.

.

.

La servilleta de papel que retorcí el día que cortaron conmigo en un bar la tengo enmarcada.

Porque cuando el dolor se convierte en recuerdo, todo el universo cobra sentido, y te deja una cicatriz en los labios que te pone

más guapa

más libre

más ligera.

Porfavorporfavor

Ha venido el miedo a mi casa.

Me ha cogido el miedo en brazos

y me ha llevado al cuarto.

Me ha hecho el amor lento y me ha acariciado el pelo.

Me he quedado dormida sobre su pecho y le he contado que de pequeña me ponía una tirita en el ombligo porque decían que así no me marearía en el coche.

Ha hurgado el miedo con sus dedos dentro de mi estómago y entre jugos gástricos y asquerosidades se ha encontrado todas las cosas que no me atreví a decirte.

Y las ha manoseado

Y se las ha metido en la boca mientras me miraba

y me ha hecho sentir incómoda

y repugnante.

Me ha hecho sentirme muy sola.

Y aún así, con el estómago abierto, y la cama empapada de inseguridades,

le he suplicado al miedo

que

por favor

no se vaya,

que por favor se quede a dormir,

que por favor me abrazase esta noche, aunque solo sea esta noche,

aunque luego nunca más,

aunque nos convirtamos en desconocidos mañana siendo hoy casi sin querer la misma persona.

Que por favor por favor se tumbase a mi lado

y me dijese algo bonito como que mis pestañas son

tan largas

que le da frío si entrecierro los ojos.

Que soy una ladrona de nórdico

una acaparadora de todo lo bonito

y que el que primero se duerma pierde.

Le he llorado

“solo esta noche”.

Y se ha quedado.

Y ahora,

nunca más,

podré convencerlo

de lo contrario.

Ojalá vayas por ciencias

“Hola, mi niña”.

Todavía no entiendes

el dolor del que hablan las canciones de tu iphone.

Ni sabes nada de la fuerza y el poder

que te da quedar con quien quieras

donde quieras:

“Te espero en la plaza”

“En 10 min estoy ahí”

“A las 5 en mi casa”.

No sabes casi nada

del temor que se esconde en cada esquina.

Y cuando vayas a cumplir treinta

te preguntarás “qué pasó”

con todo aquello que tenías,

las cosas que el tiempo colocó

“en bandeja de plata”

ante tus ojos.

Pero “tú tranquila”,

“no creo” que nadie pueda enseñarte

cuántas veces tropezar

y caer

hasta levantarte y ser tú misma.

Pero puedo despellejarte la verdad

y hacerte spoiler de tu vida

si te cuento que cuando oigas

“Eres distinta a todas, nena”

estás oyendo una mentira.

Porque eres increíblemente igual

de fabulosa

que todas las mujeres valientes que conoces.

No te escondas detrás del miedo para decir

“Pensé que no me iba a aceptar”

a no ser que hables de ti misma.

Porque,

aunque todavía no lo sabes,

a las opiniones de los demás

a veces hay que decirles

“Ok, hasta nunca”.

Acuérdate de hacer sólo aquello que te guste

aunque escuches que te vas a pegar una hostia.

Acuérdate de que todavía estás

a punto de despegar

y puedes llegar a donde quieras

sin billete.

Eso es todo.

Ojalá pudiera enseñarte más.

Contarte todos los secretos.

Adelantarte todas las temporadas.

Sólo puedo decirte que

“Ojalá vayas por ciencias”.

Pero si vas por letras,

acuérdate de rimarlo todo

siempre

con la verdad.

“Te quiero”

“Te quiero”

“Te quiero”

hasta tres veces.

Pero con la boca y todas las letras

en lugar de con el whatsapp.

Peta Zetas

Yo voy a querer

decírtelo con la boca

pero sin las palabras.

Querré llegar como sea

a ese resorte impertinente que te haga mirar el móvil cada cuatro putos segundos

y agarrarlo fuerte con las dos manos

y decirle

Eh

Para.

Que estoy aquí.

Pensando

continuamente

si soy lo suficientemente lo que sea

para ti.

Voy a querer deshacerte la piel con la lengua

como si tus poros fuesen peta zetas.

Querré tocarte sin las manos

tirarte el móvil a la basura.

Prometerte todo lo que no cumpliré

incluso haciendo

por el medio

sin querer

alguna promesa de verdad.

Te querré con esa ansiedad tan típica

que da el miedo a que otra persona

sea la que entorne los ojos

cuando digas una gilipollez

y se sienta atrapada en una depresión

yendo al cine los domingos.

Lo nuestro morirá

un día cualquiera

gris y cutre

un miércoles por ejemplo

de mediados de mes

y seremos los últimos en enterarnos.

Cagar con la puerta abierta

A mi madre le molaba andar desnuda por la casa después de la ducha.

A veces me recordaba tanto a Marge, de los Simpson. Esa pretensión infantil de ser una madre guay y moderna tan abocada al fracaso me producía picores por todo el cuerpo. Sólo el tiempo, los desengaños, llorar de cansancio, trabajar hasta veinticuatro horas seguidas en una tienda y una discoteca, equivocarme continuamente con los hombres y ser incapaz de soportarme a mí misma me demostraron que sí.

Que era una madre guay. Y moderna.

Siempre cagaba con la puerta abierta.

Decía en alto todo, absolutamente todo, lo que se le pasaba por la cabeza.

Comía yogures como si los fuesen a prohibir.

Si le gustaba mucho una canción, se empeñaba en cantarte su parte favorita.

Si le encantaba un libro, se empeñaba en leerte el mejor pasaje.

No le daba vergüenza bailar,

disfrazarse,

gritar,

ni preguntar si no sabía algo.

Me molestaba tanto su naturalidad, su entusiasmo. Mi hermana, mi padre y yo solíamos burlarnos de ella por esas cosas, y a mí me estorbaba muchísimo lo poco que le importaba.

Heredé una carpeta de hojas sueltas que pretendía ser su antiguo diario. Hablaba sin tapujos, como si fuese un diario secreto real, sin pensar en que nadie más lo iba a leer nunca. Antes de quedarse embarazada de mi hermana y de mí, fue a abortar a Portugal. Cuando era novia de mi padre tenía dudas de la relación porque le gustaba demasiado bailar con otros en la discoteca.

Siempre había echado de menos a su padre.

Pero lo más importante era que, aunque a mí me había parecido imbatible y perfecta, la casa siempre limpia, diez horas al día de curro fuera, sonrisa, canciones, besos; a veces estaba hasta las pelotas.

Tenía sólo treinta y ocho años cuando se marchó y me dejó llena de

penas

dudas

y soledad.

Ya sé que hay cosas que sólo puede enseñarte la vida, por muy guay que sea tu madre.

Pero la mía era muy guay.

Y sin saberlo

me enseñó

Que tenía que caminar desnuda por la casa.

Cagar con la puerta abierta.

Comer lo que más me gustase como si lo fueran a prohibir.

Abortar.

Y estar hasta las pelotas.

Pantone 278C

Te echaba tanto de menos

que pinté la habitación del color de tus ojos.

Pero han salido

las cosas

tan mal

entre nosotros

que se han puesto a llorar las paredes.

Se me han mojado

las palabras

y la mesilla de mi abuela.

Se han muerto

ahogadas

las plantas de interior.

Ha llegado el agua

a cubrirme por completo.

Y he llorado.

Pero nadie se hubiera dado cuenta

porque todo estaba empapado.

Cuando comencé a perder el conocimiento,

me arrepentí de no haberte

llamado

para vernos de nuevo

y tomar,

yo qué sé,

unas cañas

lejos de mi casa.

Después el silencio.

Quedó mi cuerpo

inerte

flotando

en mi cuarto inundado.

No estoy muy segura,

pero creo que fuera

se oía

el canto de algunos

pájaros.

Quería decirte, Lucía.

Quería decirte, Lucía,

que a mí también me ha pasado.

También he llorado sentada en el coche escuchando una canción de

mierda.

Me he descubierto aparejadora

manejando los planos del fuerte

que construiré con el nórdico de mi cama

aprovisionándome bien

abasteciendo mis necesidades básicas

para no tener que salir

y verles

la

puta

cara

nunca más.

Sin embargo

mi intención era decirte, Lucía,

que existe el amor de sobremesa

de películas de bajo presupuesto

que tantísimo te gustan.

Que todo lo que has sufrido

vale la pena.

Pero a ti no puedo mentirte, Lucía.

Y es verdad que en Tinder

alguien te pedirá una foto de tus tetas

sin saber todavía si te gusta

la tortilla con moco o poco hecha.

Y es cierto que aquel tío

se cansó

de que le dieras tantas vueltas

a las cosas.

Y yo quería decirte que a mí también me ha pasado.

Que he esperado algo que nunca ha llegado.

Y he odiado mi cuerpo todos los veranos

y puede que también algún invierno

y he intentado ser alegre y despreocupada

para satisfacer al personal.

Y he llorado

en el coche

pero también

en un baño público

y en un ascensor

incluso en medio de un concierto de tres mil personas

y paseando al perro un día de lluvia

sintiéndome

víctima de una estrategia premeditada

y vil

adornada con emoticonos de colores

que consistía en llegar cuanto antes

a mis bragas.

Pero quería decirte, Lucía.

Que ser lo que los demás quieren es tan aburrido.

Y ser lo que tú

eres

es tan acojonante.

Qué más da si al despertarte te sentiste

extraña

y mareada,

si después fuiste al Macdonals

y hablamos por teléfono

de lo ridículo

de su mirada

y te reíste.

Que más da lo que le cuente a sus amigos

si tú te relajaste

y gritaste

y te sentiste liberada

y después

al ir al baño

te miraste en el espejo y hasta te viste guapa.

Y no te importó que no durara

para siempre.

Quería decirte, Lucía,

que aunque todavía no lo sabes,

puedes ser todo lo que desees.

Pero yo espero que escojas

seguir siendo tú

a pesar de los imbéciles.

Pájaros

Pues me ha dicho:

Perdona por no haber defendido a tiempo

tus derechos.

Pero quiero que sepas,

que aunque me encantan tus tetas,

lo que me endurece el pantalón

son tus principios.

Son tus ideas las que hacen

que me maree al notar tus manos frías en la espalda.

No te imagino dándome un sí

vestida de blanco.

Te imagino con el vestido amarillo

que te cosió tu hermana

bañándote en el reconocimiento a tu inteligencia.

Te imagino con hijos y sin ellos

dando siempre una respuesta

a una pregunta que todavía

nadie ha formulado.

Aliviándonos a todos

cuestionando la existencia

de todo lo bueno y todo lo malo.

Incansable

Y cansada:

mis impulsos de besarte

son consecuencia de la suerte

de caminar a tu lado.

No quiero poseerte

ni atarte

ni coserte las falanges con un anillo,

como si fueras un regalo de cumpleaños.

Quiero verte y disfrutarte

como se miran las olas

o los pájaros

la sobremesa del domingo.

Como se susurra

“va a llover”

a un desconocido.

Con el temor y la magia

de todos los fenómenos naturales.

Quiero verte crecer

y destrozar a tu paso

todo lo que te impida seguir adelante.

Y cuando llegue la calma,

abrazarte.

Y que me apartes y me digas

que me deje de paternalismos,

que todavía puedes llegar mucho más lejos,

mucho más arriba que nadie.

La nota en la nevera

Hoy te he gritado.

Y donde he dicho que no quería verte más,

que te apartaras de mi vista,

quería decir que sólo de pensar en el día que me faltes

se me convierten las manos en barro.

Donde dije que no quería escuchar ni una palabra,

que resultabas agotadora

y cargante

y completamente inaguantable,

quería decir

simplemente

que a veces llego cansada

con ganas de llorar

a casa

y me pregunto cómo lo haces tú

para parecer siempre fuerte y poderosa.

Sólo quería decirte

todo lo que no se dice en una pelea,

las cosas que no se dicen a veces,

pero se pueden palpar en el ambiente.

Palabras largas y esponjosas que hablan de lo mucho que me duele

esforzarme por ser todo lo que pueda elevarte de la rutina.

De la vida que no mereces.

Quería escribir aquí que cuando empiece a trabajar ahorraré lo suficiente para comprarte un coche.

Y le pondré un lazo gigante, de esos que salen en las películas.

Que a veces me da miedo el futuro.

Me da miedo que el futuro llegue demasiado tarde.

Simplemente quería pedir perdón.

Decir que siento que me hayas malinterpretado.

Porque donde dije que me avergonzabas

quería decir que tu boca y tus manos

son la inspiración de los valientes.

Te he dejado unas fresas en la nevera,

aunque sean más caras por estar fuera de temporada.

Tú te mereces

un muñeco de nieve en la arena

un biquini bajo cero

un invernadero lleno de todas las cosas imposibles

que has soñado desde niña

y que el tiempo te ha borrado.